Proyecto
Inalámbrico en la Escuela Manuel Rojas:
Emociones conectadas en la Cárcel de Temuco
Siete
profesores de la Región de La Araucanía tienen el valor de recorrer
como Pedro por su casa los inhóspitos pasillos de la cárcel de
Temuco. Diariamente, se encierran tras candados y rejas para entregar
en este lugar todo lo que aprendieron en la universidad y también
aquello que nadie les enseñó: cómo enfrentar las emociones de
sus alumnos.
A
raíz de las complejas relaciones profesor-alumno que se dan ahí
dentro, los docentes decidieron basarse en el video “Emociones”
que transmite el Proyecto Inalámbrico, para poner en marcha un
plan de trabajo que enseñe a los reclusos a conocer y manejar
sus sentimientos.
Por
Claudia Barudy
Ivette
entrega su cartera. Un gendarme revisa rigurosamente todas sus pertenencias
mientras ella saca desde un bolsillo, su teléfono celular y lo deja
en el casillero de costumbre. Concluido el trámite de rigor, Ivette
emprende el rutinario recorrido a través del frío y del crudo olor
a encierro de esos archiconocidos pasillos. Contundentes candados
se abren y se cierran tras su paso. 
Después
del último cerrojo, aparece una sala de clases y seis computadores
que lucen como nuevos. La profesora de historia, Ivette de la Guarda,
acaba de llegar a su lugar de trabajo
Esta
es la ruta que recorren diariamente los siete profesores que dan
vida a la Escuela Municipal Manuel Rojas. Aquí no hay patios repletos
de jóvenes ni manzanas esperando en el escritorio. Estos educadores
han escogido entregar sus conocimientos a un grupo de alumnos bastante
especial: los reclusos del Centro de Cumplimiento Penitenciario
de Temuco.
Profes
con “salida nocturna”
Bajo
siete llaves, funciona un precario sistema que se las arregla para
sacar adelante la educación de hombres con edades que fluctúan entre
los 18 y los 50 años y quienes ven en esta escuela, su única posibilidad
de reinserción social.
En
este lugar, los profesores trabajan bajo condiciones de alto riesgo.
No tanto por su relación directa con los reclusos –que les guardan
un tremendo respeto– sino porque durante su jornada laboral permanecen
tan encerrados como sus alumnos y en caso de emergencia no hay vía
de escape. Muchas veces, para abandonar el recinto deben esperar
media hora hasta que un gendarme oiga el llamado y abra la salida.
“Estamos con salida nocturna, sólo nos permiten alojar afuera”,
bromea Luis Rebolledo, profesor de biología y química
de la escuela.
A pesar
de los tremendos esfuerzos que realiza cada uno de los maestros
por sacar adelante la enseñanza dentro de este ambiente adverso,
en la práctica, una escuela que funciona inserta dentro de la cárcel
tiene escasas posibilidades de desarrollo.
”Nos
sentimos bastantes postergados en comparación con el resto del sistema
educacional. Dentro del mundo de gendarmería, obviamente prima la
seguridad y no se le da gran importancia a la educación. Si se fuga
un reo y el hecho trasciende a la luz pública, el asunto tiene serias
repercusiones para la imagen de la cárcel; pero si un interno logra
terminar 4° medio e incluso rendir la PAA aquí adentro... a nadie
le interesa”, explica Ivette de la Guarda.
“Ni
siquiera podemos postular a los concursos estatales o a la excelencia
académica, ya que los requisitos son número de apoderados, de matrículas,
nivel de asistencia y una serie de elementos que obviamente nuestra
escuela no maneja”, agrega Myriam Venegas, profesora de castellano.
De
ahí la sorpresa de los docentes cuando se les ofreció ser parte
del “Proyecto Inalámbrico” (Difusión
Multimedial Inalámbrica IP) que persigue proporcionar un mecanismo
de conexión a aquellas instituciones educacionales, que por su lejanía
o por escasez de recursos tecnológicos, no pueden disponer de acceso
a redes de banda ancha para intercambiar contenido educativo de
alta calidad.
“Es
la primera vez que alguien viene y nos ofrece algo. Cualquier cosa
que queramos conseguir se transforma en una lucha, nadie quiere
colaborar con una escuela cárcel, ‘con unos tipos que no tienen
vuelta’”, señala Ivette, quien coordina el proyecto dentro de la
escuela.
Conectados
por turno
La
Escuela Manuel Rojas cuenta con seis computadores adquiridos en
1998, junto con la llegada del proyecto Enlaces. A pesar de los
cuatro años que han transcurrido desde entonces, cada una de las
máquinas luce como “nueva, de paquete”. Y es que los internos se
preocupan de mantenerlos impecables porque saben muy bien que en
esos “fierros” está su única posibilidad de manejar una tecnología
que necesitan conocer si pretenden reinsertarse en el mundo laboral,
una vez que traspasen las rejas.
El
uso de los computadores se regula según horarios. Cada alumno sabe
perfectamente cuando es su turno y se prepara para ese momento.
Una vez en la sala, deben comunicar al profesor encargado acerca
de la información que desean buscar. Bajo la estricta tutela del
docente, pueden imprimir los documentos seleccionados y luego utilizarlos
en la sala.
De
esta forma, las clases se han vuelto bastante más interesantes y
los alumnos han conseguido elaborar trabajos sobre temas de actualidad
como el terrorismo o la clonación.
“Los
internos ven en estas actividades, su único ‘contacto’ con el mundo
exterior. Su autoestima se eleva pues sienten que se les da acceso
a esta tecnología en igualdad de condiciones con los demás estudiantes.
Incluso, hemos tenido acceso a cursos interactivos de inglés, que
han dado excelentes resultados entre nuestros alumnos”, cuenta Ivette
de la Guarda.
Al
maestro, con cariño
La
mayoría de los profesores llega hasta la Escuela Manuel Rojas, siguiendo
su vocación de servicio social. No hay cursos que los preparen específicamente
para ejercer su profesión dentro de una cárcel y lo cierto es que
se requiere de mucha preparación para aprender a relacionarse con
los alumnos de estas “aulas”.
Los
internos están sujetos a constantes cambios de ánimo. Las formas
de expresar sus emociones, la rabia que suele invadirlos, son situaciones
muy delicadas de manejar. “Para desempeñarse aquí hay que adquirir
la habilidad de captar estos cambios. En cinco minutos el temperamento
de un interno puede variar por completo. A veces llegan muy enojados,
muy deprimidos y simplemente no tiene ganas de trabajar”, relata
el profesor Rebolledo.
Hace
sólo unas semanas, la profesora Myriam Venegas fue víctima de un
robo en su casa. A la mañana siguiente, mientras dictaba una lección
de castellano a los reclusos, vivió una situación que explica por
sí sola los lazos que esta especial relación profesor-alumno consigue
formar. En medio de la clase, surgió el tema de los derechos y uno
de los alumnos aprovechó la ocasión para reclamar por los derechos
de los internos. Muy dolida por la situación que acababa de vivir,
Myriam acusó recibo: “¡De qué derechos hablas tú! ¡Acaso ustedes
no piensan en los derechos de la gente que agreden! ¡Ahora yo soy
una víctima, entraron a robar a mi casa mientras yo estaba aquí
haciéndoles clases!”
Silencio
absoluto en la sala.
Las
caras de asombro de los internos desconocían la reacción de esta
mujer que hasta aquel día sólo había tenido palabras de apoyo para
ellos. Myriam se retiró de la clase, pensando que no sería capaz
de volver.
Sin
embargo, poco a poco, varios reclusos se comunicaron con ella para
decirle lo mucho que sentían lo que le había pasado. “Se dio una
situación muy rara. Me expresaban la rabia de ver que ahora la afectada
era alguien que ellos estiman. Se fue corriendo la voz de módulo
a módulo y en un par de días toda la población penal se había enterado
de mi problema. Todo un fenómeno”, relata la profesora de castellano.
Finalmente,
Myriam decidió que no podía abandonar el trabajo por un contratiempo
que forma parte de la rutina del mundo actual. Luego, al conversar
con el resto de sus colegas, acordaron organizar un plan de trabajo
sobre el manejo de las emociones con los internos, y escogieron
el video “Emociones”
del Proyecto Inalámbrico como pilar de esta labor.
Tarjetita
de Invitación
De
inmediato surgieron los problemas técnicos. Debido a la escasez
de recursos, sólo el computador de la sala de profesores estaba
conectado a la red local instalada por el Proyecto Inalámbrico.
Resultaba imposible llevar a los cursos de 30 alumnos hasta ahí
para asistir a la exhibición del material. Era necesario conseguir
una tarjeta adaptadora de video que les permitiera convertir la
señal del computador y proyectar el video “Emociones” en un televisor
en la sala de clases.
La
solución llegó durante el segundo encuentro presencial del Proyecto
Inalámbrico que se realizó en la Universidad de La Frontera el sábado
18 de mayo pasado. En esa ocasión, los grupos de trabajo del curso
“Uso pedagógico de material audiovisual difundido a través
de redes de alta velocidad”, expusieron las distintas tareas
que pretenden realizar en sus establecimientos a partir de la tecnología
que les ofrece el proyecto.
El
grupo de profesores de la escuela Manuel Rojas sorprendió a sus
demás colegas por el gran entusiasmo y creatividad que transmitieron
al dar a conocer su proyecto, que consistía en trabajar para mejorar
la calidad de vida de sus alumnos enseñándoles a conocer y manejar
sus propias emociones. Y es que la gran carencia en la que suelen
desarrollarse las actividades dentro del recinto penitenciario de
Temuco, incentiva a los educadores a explotar al máximo los recursos
que el “Proyecto Inalámbrico” ha puesto a su disposición.
Tras
la presentación, Raúl Burgos, coordinador del proyecto en la Región
de La Araucanía, les entregó la tarjeta que les hacía falta
como un obsequio del Departamento de Ingeniería Eléctrica de la
UFRO.
Para
finalizar la exposición, la profesora Myriam Venegas dio a conocer
la experiencia que gatilló esta idea y más tarde nos confesó que
ya son varios los reos que le han prometido mover sus influencias
para recuperar parte de las pertenencias sustraídas desde su casa.
“Quién
sabe si como premio de fin de proyecto, mis alumnos me tengan una
sorpresa y me hagan entrega de los videos que tenía en mi casa,
que es lo que más me pesa dentro de las cosas que me robaron”, proyecta,
entre risas, Myriam.
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